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sábado, 21 de octubre de 2017

Galicia



Por miedo talan arboles.
Por miedo a que sus ramas crezcan
y se enreden en las nubes.
Por miedo a que rasquen el cielo,
amputan sus ramas.
Y los pájaros y sus plumas
no tienen madera en la que dormir,
se arrullan nanas,
se abrigan con el alba.
Aquellos altos bosques
en los que se solían hundir,
son ahora ejércitos
de marines rapados,
desnudos, ordenados.
Por miedo a que vivan,
por miedo,
los queman.



lunes, 14 de agosto de 2017

Hoy no quiero volver (Crónica ERS 2017)



Hoy mi casa me parece más lejana que nunca. No quiero que el tiempo huya de este autobús por el tubo de escape y por eso me aferro a su humo, a la vibración de los cristales al apoyar la cabeza y a las luces de las farolas al pasar. Sé que la chica que se sienta en mi asiento de vuelta a casa no es la misma que se despedía de sus padres a la ida. La pregunta que nos hicieron hace un par de días palpita en mi cabeza como una migraña: "¿Cuánto tiempo pasará hasta que olvidéis lo vivido estos días o hasta que se quede en un recuerdo lejano".

Me escuece en los recuerdos las lágrimas de las despedidas en Algeciras y sigo sintiendo que debajo de mí, detrás de la rueda del autobús sigue viajando una niña subsahariana, aferrándose tanto al guardabarros como a sus raíces africanas.
Tal vez así sea. Tal vez esa niña sea yo, negándome a olvidar de donde vengo tras cruzar la frontera y sus vallas, con una parte de mi corazón aún rebozada en la arena del desierto y otra ya empapada en el mar del estrecho. 

Todo parece más vívido y los recuerdos se desdibujan al otro lado del cristal. La primera noche en Toledo en la que nos despertaron antes de la hora por equivocación, los envoltorios de las barritas energéticas, los alacranes, las camisetas verdes con las marcas blancas del sudor, el coro de voces cantando que "Qué pena, no hay estrellas", la luna intensa del primer día que recordaba a la sonrisa de Chesire, la lizipaina, los ballestrinques, ochenta y dos manos empujando un bus atrapado en la arena, el agua con lejía, las risas, el cuscús y sus verduras, Mawi, Ali, Abdul, Fatima, Arkina, los nuevos amigos a cada nueva marcha, el viento de cara y las legañas cargadas de arena.
Todo. También los monitores y su papel de hermanos. A partir de ahora los amaneceres nacen en la gran duna y los atardeceres se esconden tras las jaimas. Tener imaginaria en el desierto ha sido el mejor castigo que podrían haberme puesto. En la noche, el Sahara parece un coloso en calma y la arena, tiene la textura del agua que se escurre entre los dedos. 

Quiero dormir
todos los días de mi vida
sintiendo el suelo bajo mi espalda
 y el cielo sobre mi frente;
quiero sentir
ser parte del mundo.
He adivinado las constelaciones
y sentido que la arena
y que África
te abraza de costado.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Desventajas de la pluviofilia

Aquel día una ostra translúcida cubría el cielo de la ciudad como una guarnición mortecina, a medio apagar, bajo el que los coches remoloneaban de un lado a otro con pereza y los peatones se arrastraban entre solares a medio construir.
X trabajaba por aquellos tiempos en la imprenta central aunque una semana después habría decidido comenzar una vida nómada entre Filipinas y Suiza para trabajar como profesor de natación en un polideportivo público.
La fachada de la imprenta, de estilo dórico, se estiraba alisándose como un oficial de primera categoría ante el vaivén de dos intersecciones, en la esquina de la manzana. Aquel día la fachada mostraba su cara más desoladora, arropada por la luz de la ostra y la neblina del mes.
X no había mirado el informativo del canal 5 pero tampoco le hacía falta para adivinar que el monzón anual se avecinaba. Había estado ahorrando para invitar a Y a cenar, a un restaurante a medio camino de un viernes por la tarde y un lunes por la mañana. Una vida normal.
La vida laboral de X transcurría en un 80% en la sala de comandos, zarandeando la cámara de vigilancia de la sala 15 de izquierda a derecha para perseguir los pasos de Y. Cualquiera diría que era un acosador. Yo, como narradora debería de aclarar que no, que ciertamente estaba enamorado, pero siéndome sincera, sí. Sí que lo era.
X detestaba la lluvia y sin embargo, estaba plantado independiente al cielo y a la tierra delante de la fachada de luz apagada de la imprenta con los nudillos apretados y blancos y un ramo de petunias o rosas (no sé) entre ellos. ¿Esperando a Y? Claramente.
Una gota se disparó contra su gabardina y una segunda la siguió de cerca mientras que sus dientes rechinaban asqueado frente a la humedad que olía a teína y asfalto embarrado.
Una tromba ametralló sus hombros de agua y las calles y las azoteas y los parques, calando sus manos a la intemperie y asfixiando a las petunias o a las rosas. X no se inmutó cuando las hormiguitas que fingían ser personas correteaban por pasos de cebras con las cazadoras sobre las cabezas y sujetadas por los codos como si fueran carpas.
Tampoco se inmutó cuando las avenidas se convirtieron en ríos cercados por los márgenes de las aceras o cuando la ciudad dejó de ser ciudad y se convirtió en un bosque artificial, presa de la soledad y de la ausencia de animales, que desde su casa hacían la vista gorda entre la televisión y el radiador. X esperaba nada más que aferrando un plástico empapado cuando las petunias o rosas discurrían calle abajo junto con colillas, latas de cerveza y coches arrastrados por el caudal del agua.
Y no apareció cuando la fachada empezó a deshacerse bajo el peso de la humedad en su transición de neoclásico a barroco. Los locales se inundaban y los peces de las tiendas de mascotas fueron los primeros en ahogarse. El nivel del agua escaló sin duras penas a los bloques de pisos mientras la ostra, arriba en los cielos jarreaba presa de la desolación.
Aún pegado al asfalto como un molusco, un buzo sin neopreno ni oxígeno tenía los ojos inundados. Sus oídos habían ahogado el replicar de las gotas de lluvia, que ahora no era más que un chapuzón a 500 metros sobre su cabeza, un rumor azul apagado tan intimidante e inmenso como un océano. Silencioso. La Atlántida sepultada bajo rascacielos.
Cortocircuitos. La ciudad se apagó. La Tierra guardó silencio a oscuras. Sólo se oía el ruido del agua sobre el agua.
Y nunca apareció y a X no le dio tiempo nunca a ser nómada entre Filipinas y Suiza. La fachada de la imprenta escupía tinta que se rizaba tentáculos y páginas de novelas a medio maquillar. Flotaban en un pantano que crecía por encima de los edificios como peces, y parte de un nuevo ecosistema.
Fue como Pompeya.
Nadie gritó. Todos abducidos por sus televisores perdieron el aliento pegados a las pantallas en el que el hombre del tiempo del canal 5 delante del croma verde anunciaba lluvias torrenciales.

viernes, 19 de febrero de 2016

Como si no hubiera un mañana




Cuando la brisa se levantaba y hacía a la hierba agacharse y a los árboles mecerse como si fuera la primera vez, yo abría mis alas con los focos del alba. Las plumas se desprendían casi con pena de abandonarme y discurrían silenciosas por el cielo hasta que se perdían de mi vista o empezaban a formar parte de las nubes. Lo bueno (o también lo malo) era que siempre estaba solo, lo que me permitía cuestionar el por qué de mi libertad. Después, estiraba las puntas de mis alas y con temor, me dejaba caer por el precipicio y levantaba el vuelo unos instantes antes de ser aplastado. Me dejaba arrastrar por el viento que calaba en mi piel y traspasaba mis huesos. Subía todo lo alto que podía y me fundía con las nubes, como si así pudiese recuperar mis plumas desgarradas. Descansaba en ese nido que yo mismo me había creado a lo largo de los siglos y miraba a los humanos y los observaba con paciencia y esmero y de vez en cuando les lanzaba mechones de cabello, o cabello de ángel como ellos llamaban, y respiraba todo el aire del mundo para renovarlo y sanarlo. La soledad era prácticamente lo único que conocía ya que jamás había tratado con nada ni nadie que no fuera yo mismo. También rezaba. Rezaba por los humanos, para que no murieran y siempre me hicieran compañía, para que no fueran olvidados, aunque mis súplicas fueran plenamente en vano. Luego, cuando el sol huía por detrás de las crestas de las montañas  y los girasoles perdían su rastro, yo volvía a caer de mi nube como si no hubiera un mañana. Y explotaba y moría en el firmamento, convirtiéndome así en todas esas estrellas que aguardaban un deseo que poder cumplir, que brillaban con la fuerza asfixiante de mil galaxias y que con la vuelta del amanecer se convertirían un día más en unas alas que se abrían.

Buzos a contracorriente


martes, 16 de febrero de 2016

Malos tiempos cuando los locos guían a los ciegos



Malos tiempos serán aquellos
en los que los locos guíen a los ciegos.

Que las torres de Babel tiemblen
bajo el peso de sus propios muros
y esos poderosos seres
por temor queden mudos.

Con el bastón blanco
y las gafas negras y opacas
el ciego le tiende la mano
a esa insensata muchacha.

Ojos que no ven, corazón que no siente.
Deportado aquel que rebelarse intente.

Siervas y siervos
no resucitéis
no imaginéis
no busquéis
todos aquellos cuervos
que vuestros huesos terminarán por roer.

En vez de eso, dadnos la espalda
y las cadenas también,
unidnos a vosotros
quizás algún día a los cielos nos llevéis.

Hasta entonces dedicaros a crecer,
a envejecer,
a caer una y otra vez
y a no arrepentiros de volver a nacer.

Nunca os darán la espalda los ciegos
si ni siquiera son capaces de verse los pies.
Este mundo corresponde a aquel
que no tenga miedo a perecer.

Con pelos despeinados aquí venimos a atentar
contra vuestro orden,
contra vuestro pulcro andar.

La música es nuestra bandera
el símbolo de la nueva era.
Los colores, nuestro himno
dueño de nuestros propios hijo.

Alzad la vista nublada, ciegos,
dadle la mano a los locos,
no tengáis miedo de haceros viejos
que de estos ya quedan pocos.